Atlixco en las Crónicas IV

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Atlixco en las Crónicas (Cuarta Parte).

Desde inicios de este año te presentamos una serie de crónicas a través de las cuales te mostramos lo que decían, pero sobre todo, la manera en que percibían estas tierras los primeros españoles que tocaron el suelo de este hermoso valle, ahora bien, toca dar fin a estas narrativas con la última parte de Atlixco en las crónicas, esperando de todo corazón que hayan disfrutado cada una de ellas.

La siguiente Crónica fue escrita por Antonio de Villaseñor y Sánchez entre los años 1740 y 1745, cuando Atlixco era la cabeza de la jurisdicción eclesiástica, cabe señalar que él era nativo de la Nueva España, motivo que explica su amplio conocimiento y pasión con que se expresa; de su crónica sabemos que para esos años ya había sido erguida la Parroquia de Atlixco, que en ella se daba atención espiritual exclusivamente a los Españoles, que la Iglesia de San Francisco (en las faldas del Cerro de San Miguel) se dedicaba únicamente al adoctrinamiento de los Indios de la región, menciona también que San Juán de Dios contaba con enfermería (El primer hospital de Atlixco y uno de los más antiguos de México, vocación que mantuvo por más de 200 años en esa edificación), además nos cuenta que en los Solares (tierras que colindan con Cabrera), existían huertas y jardines donde además de cultivar frutas y legumbres, también gozaban de las aguas que llegaban en forma de arroyos.

“…hermosa en su material fábrica, abundante en sus aguas que regando su recinto le hacen agradable a la vista por su majestad, ilústranla dos iglesias parroquiales, una de clérigos para la administración de Españoles y demás calidades de gentes, y otra que es doctrina de religiosos franciscanos destinada sólo a la administración de los indios: cinco conventos de religiosos, que son el de San Francisco, el de la Merced, el de Carmelitas descalzos, el de San Juán de Dios con enfermería y sala de convalecientes y el de religiosas de Santa Clara de la obediencia del emisario general de estas provincias, con más capillas y ermitas que están en los barrios donde viven los indios, en que se celebran las fiestas de los titulares y se dice misa los días que para ello son de precepto. Tiene un dilatado barrio que nombran de los solares, poblado de huertas y jardines copiosos de frutas y legumbres al beneficio de las aguas que le tributan varios arroyos que corren por sus orillas en cuya deliciosa granja tiene el vecindario su diversión, Su gobierno civil y político se reduce a un alguacil mayor y escribano de cabildo, Pasa el vecindario de cuatrocientas familias de Españoles, mestizos y mulatos de cuyas tres clases se hayan alistadas tres compañías de milicianos, con sus capitanes y cabos subalternos, y en los barrios, que les hacen círculo unas mil doscientas y cincuenta familias de indios del idioma mexicano”.

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En otra crónica evidencia la destacable vocación agrícola de Atlixco y hace una ligera crítica sobre su escasa producción de lino y cáñamo, de igual modo, destaca la importante cantidad de población española en el Valle, sólo comparada con la de Cholula y Tepeaca:

“…El celebrado Valle de Atrisco por lo pingüe, fértil y delicioso se halla poblado de haciendas de labor productivas de mucho trigo, cebada, maíz y otras semillas de las que se abastecen varias provincias y es el comercio principal de ésta porque aunque en ella se da bastante lino y cáñamo les es inútil porque no se aplican a este trato o por ignorar su perfecto beneficio”. “…en las haciendas viven como ciento cincuenta familias de españoles sin las numerosas cuadrillas de indios y gañanes que de continuo asisten a su laborío: abunda también en sus crías de ganado mayor y menor; liebres, conejos, perdizes y otras especies de volatería; crúzanla varios caudalosos ríos que no solo riegan con plenitud las haciendas del valle, sino las huertas y sembradíos de los demás pueblos de su distrito, cuyos indios ahí se ejercitan en la labor como en los primorosos tejidos de algodón por ser todos muy aplicados al trabajo”.

A finales del Siglo XVIII dependían de la jurisdicción de Atlixco 36 poblados, numerosas haciendas y algunos ranchos y molinos; años más tarde, y debido a los acontecimientos que se suscitaron en la época independiente, el general Nicolás Bravo, presidente suplente de la República, le dio el título de Ciudad de Atlixco el 14 de febrero de 1843.