Los baños de 5to y 6to

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Tal vez éste sea un cuento que ya casi nadie recuerda, tal vez quienes estudiaron en la escuela primaria “Lázaro Cárdenas” (una escuela muy popular en su época) recuerden muy bien lo que narro, o tal vez no. Supongo, si es el caso, que la historia ha hecho su labor y por ende ha comenzado a perderse en el tiempo, o tal vez porque a mi edad ya no encuentro conocidos que me revivan el recuerdo, pero este espacio se dedica a eso, a rescatar esos cuentos populares que en algún momento nos llenaron de fascinación, y otras veces, de miedo.

Los baños de 5to y 6to.

Estoy escribiendo y la piel se me enchina, mi corazón late muy de prisa y siento un miedo que creí ya había superado, fue la misma sensación que tuve cuando entre por primera vez al baño de quinto y sexto de la escuela primaria “Lázaro Cárdenas”… No, quería entrar a esa escuela porque me daba miedo, y mi hermana, que estudiaba ahí, me decía que en los baños asustaban y que se aparecía una tenebrosa luz roja, eso ayudó a que llorara de pavor, era una niña muy tímida de tan solo cinco años; me confortaba que de primero a cuarto, nos tocaban otros baños, donde la mayoría iba y en los otros ni de chiste me aparecía.

Mi madre me decía que en esa escuela vivió “Rutilia” la tatarabuela de mi abuela, hablaban tanto de la famosa Rutilia que no quise que me contaran la historia hasta que terminara mis estudios en esa escuela.

Cuando pasé a sexto, eran tres salones de quinto, tres de sexto y el campo de futbol; yo seguía ocupando los baños de siempre o de plano me aguantaba las ganas, hasta que en cierta ocasión, nos mandaron a cuidar el área de tercero y los niños nos decían maestras, nosotras nos creíamos mayores “¡uff… Ya todas unas señoritas y solo contábamos con diez años!” Y como tales debíamos ir al baño de atrás, ¡Ni modo! Tuve que ir con mi amiga y no nos pasó nada, después de esto, ya nadie hablaba de las luces rojas, de muertos, huesos; en fin, hasta entré a clases de música, entonces asistíamos a ensayo por las tardes y mientras venían por nosotras (mi hermana y yo) jugábamos a piratas en el patio y era muy divertido, me reía tanto que me daban ganas de ir al baño, y los mas cercanos eran los de “quinto y sexto”, pero ya no tenia miedo. Cierta vez terminando de jugar, entré a los baños y empecé a escuchar como se azotaba la puerta de la entrada, y ésta se cerró, vi una luz roja muy potente, empecé a sentir mucho miedo, mío corazón latía a prisa y la piel se me enchinó, no salí hasta que se apagó esa luz, duró apenas unos segundos y nuevamente se azotó la puerta; me arme de valor y con los ojos cerrados salí muy despacio, pero sentí que alguien ve veía y salí despavorida y aterrada hasta donde estaba mi hermana, nadie me creyó. Sólo decían que ésta escuela había sido un panteón y ya me daba escalofríos pasar por ahí.

Al acabar la primaria decidí ir con mi abuela para que me contara la historia de Rutilia, hija de Matilda, que tenía que ver con la escuela. Mi abuela se acordaba perfectamente de todo lo que le dijo mi tatarabuela: “hay instantes de la vida en que todo parece agotador, común y sin una pizca de amor, así me encontraba en 1920. Yo, Rutilia, hija de Matilda, tratando de ver algo bueno en la vida, de encontrarle sentido; y que como hija menor mi obligación era cuidar a mi madre hasta su muerte, no soportaba ver como mis hermanas se casaban, tenían hijos y eran felices, por lo que yo con un nudo en la garganta y sintiéndome importante ante mi destino, decidí revelarme, sin importarme que la sociedad hablara de mi, así que me fui lejos, escogí el camino de la mala vida, me enamoré de un duque que resultó casado, y era tanta mi desesperación que invoqué al diablo y el vendí mi alma para poder casarme con él. Meses mas tarde murió mi madre y yo me sentí tan arrepentida que deseaba no haberme enamorado, ni haber hecho pacto con el diablo, ni haberme alejado de mi tierra, todo me daba miedo; parecía loca y decidí regresar a mi casa, pensaba que como ya habían pasado cinco años, nadie se acordaría de mi y podría comenzar una nueva vida, pero no me acordé que el demonio podría cobrarme en cualquier momento la deuda con él contraída, y en el instante que pisé mi casa, envejecí, quise hablar y no pude, curanderos, brujos, sacerdotes, médicos; iban a verme, tenia mucho dinero que me dejó el Duque pero no me servia de nada, ninguno pudo hacer nada, no entendían mi estado físico.”

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Cierto día, como de la nada, pudo hablar y solo dijo “nunca odien el lugar donde nacieron ni quieran cambiar su destino”. Y exactamente cuando acabó de decir la frase le empezaron a dar convulsiones, había muerto; su cuerpo seguía ahí, pero de su alma se había apoderado el diablo.

Cuando murió Matilda, Rutilia la enterró en el patio de su casa, y la gente empezó a hablar, decían que en esa casa ya nadie vivía, ya que a nadie se le veía entrar o salir; así que les avisaron a sus hermanas y desde el momento que entraron ya no volvieron a salir, poco después ya nadie se acercaba por ahí y le empezaron a decir “la casa sin salida”.

Años mas tarde el hijo de una hermana de Rutilia quiso derrumbar la casa, pero antes de hacerlo decidió entrar a investigar en ella, fue con un sacerdote y éste le dio agua bendita, un crucifijo y le dijo que si tenía problemas, regara el agua bendita y rezara unas oraciones; al entrar vio que había una cueva y que dentro de ésta, había una luz incandescente de color rojo, y afuera, cinco personas dando de vueltas deseando hacer pacto con el diablo a cambio de tener dinero; estaban como hipnotizadas. Cuando sólo faltaba una persona por pasar, un señor flaco y alto, se acercó al sobrino de Rutilia y le pegó hasta desmayarlo, y haciéndose pasar por el, empezó a dar vueltas al rededor de la cueva, cuando le tocó su turno, rezó y vació el agua bendita y con el crucifijo en mano, logró que se fueran todas las criaturas del averno, y en el interior de la cueva encontró unos papeles donde Rutilia contaba su vida.

En 1940, cuando empezaron a construir la escuela “Lázaro Cardenas” encontraron ocho cadáveres; los de Rutilia, Matilda, sus dos hermanas y las cuatro personas que querían hacer pacto con el diablo, por eso se creyó que había sido panteón, y del señor flaco y alto, nadie sabe nada; ahí donde se encontraron los cuerpos quedaron los baños de quinto y sexto.

Mi abuela me dijo que era todo lo que sabía, era el pasado de su familia y que iban transmitiéndolo solamente a una persona de cada generación y a mi me tocó, y decidí romper con la tradición y contártelo.

Ahora es sin secreto tuyo y mío.

Recopiló: Paula Consuelo Kitzia Bravo Alatriste.