El diablito juguetón

Hay mucho que se cuenta sobre el Cerro de San Miguel, su historia, lo que es, lo que no fue y sobre todo lo que creyeron que alguna vez fue, si, mitos y leyendas corren desde las faldas de este cerro y se difunden por todo el Valle de nuestra Ciudad, leyendas que buscan comprender acontecimientos que allí sucedieron, hasta hipótesis históricas que tratan de explicar el origen, incluso del cerro mismo.

De esta manera se ha tratado de explicar popularmente cómo llegó la imagen de un “Diablito” a la Capilla, y posteriormente, qué sucedió con ésta; por ello se dice “que el Diablito anda suelto en el Cerro de San Miguel”… Hoy en día hay dos imágenes en el interior de la Capilla, pero lo que fue de la imagen original, aún es un misterio.

Sin más, aquí te presentamos una leyenda recopilada por José Miguel Villarroel García, del libro “Cuentos y Leyendas de Atlixco”.

El diablito Juguetón.

Hacía pocos meses que ya los frailes habían encontrado el valle, frondoso y enorme, cuidado por los volcanes, los colosos de nieve y, donde se encontraban asentados en una superficie plana del Popocatíca, el pequeño cerro dedicado a Macuilxochitl, lugar perfecto para construir su iglesia.

Franciscanos al fin, se refugiaron en el cerro, ya tenían su pequeña capilla y unos cuartos construidos para todo tipo de uso; recorrían las tercias y las nonas entre trabajos del huerto, oraciones y su misión evangelizadora con tanto hereje que los rodeaba. En si los días transcurrían tranquilos; sin embargo, las noches llegaron a convertirse en verdaderas vigilias, no por piadosa intención, sino por el constante tronadero de las piedras del suelo.

Ya les habían advertido los indios, pero cómo creerles que no debían construir sobre el terraplén de los ritos, donde tenían que ofrecer cantos y danzas a los dioses buenos para que calmaran al nagual; pero los padrecitos hicieron caso omiso de la advertencia y siguieron con su empresa a costa del temor de los indios. Pues bien, ahí estaban los resultados, unas ojeras constantes y los frailes dormidos en la mitad de los oficios; mas valía empezar a rezar antes que el convento cayera enfermo de sueño. El crujido en vez de acallarse, se escuchaba cada vez mas fuerte, a tal grado que se oía hasta las intimas casas de Acapetlahuacan, por lo que los indios empezaron a hacer ofrendas a Macuilxochitl y a Quetzalcoatl desde sus casas para calmar sus temores.

Una noche, en el duerme velas de la vigilia, Fray Juan de Astorga vio la aparición del Arcángel San Miguel, nunca supo si fue sueño o aparición, pero le dio la idea de pedir ayuda del Santo y Ángel; si San Miguel había derrotado al diablo una vez, podría hacerlo de nuevo. A la mañana siguiente comunicó al Abad lo sucedido y propusieron construir una capilla para San Miguel, cuyo nombre se parecía mucho a Macuitl y sería bien aceptado por los indios, pero esta vez, la capilla se construiría en la cima del cerro para que protegiera todo el valle. Así fue que construyeron la capilla y mandaron a realizar una escultura de San Miguel Arcángel, con la espada desenvainada para vencer al demonio.

Bendecida la capilla y la escultura, todos volvieron a sus diarios quehaceres, pero al llegar la noche los ruidos continuaron como si nada hubieran hecho. Así pensaron en una idea para ayudar al Santito; realizar una talla de madera del diablo y quemarla, iniciaron los preparativos lo más pronto posible y realizaron una procesión con San Miguel, aromatizando con sahumerios el ambiente hasta llegar a la cima y frente al atrio, organizaron la quema del demonio pero asombrados vieron que la estatuilla no le afectaban en nada las llamas.

La preocupación creció aún más después de éste hecho, pues los ruidos continuaron, aunado al hecho de que ahora tenían también al diablo fisicamente, por lo que pensaron que, o San Miguel estaba muy debilitado o se habían equivocado de procedimiento. ¿Cómo iban a quemar al diablo que arde constante en los infiernos? La solución sería apagar su fuerza con el agua, pero esta vez no iba a quedar rastro de él, pues iban a ahogarlo. Se dieron a la tarea de cavar un enorme pozo junto a la capilla y aunque tardaron en llegar al agua, la encontraron; cubrieron el hueco con un capuchón a manera de horno de pan para engañar al diablo con el fuego y poder así lanzarlo por la pequeña puerta.

Así sucedió, envolvieron al diablo en un costal lleno de piedras, lo ataron y lo lanzaron al fondo del pozo cerrando la puerta con un enorme candado, todo eso fue adornado en un exuberante ritual, donde unos rezaban “padres nuestros”, otros cantaban salmos y esparcían agua bendita, y los demás aventaban flores al cielo para Macuitlxochitl y Quetzalcoatl. Hicieron esto en septiembre en la fiesta de San Miguel, para que el pobre arcángel no estuviera tan debilitado. Los ruidos se acabaron, con la celebración de una semana corrida de bien dormir y se inició así un año de productividad y de buena evangelización, ya que muchos creyeron en los frailes a parir de ese milagro.

El siguiente septiembre arreglaron la capilla para hacerle su fiesta al Santito y Ángel que los había salvado del insomnio. Con todo listo, se levantaron muy temprano la mañana 29 para ir bien limpios y arreglados a la precesión y a la misa, pero al abrir la puerta de la capilla, se encontraron con el diablo en el centro escurriendo de agua toda vía, ensuciando lo que tanto les costó limpiar. La gritería se desbandó carrera abajo rodando en el desconcierto del despeñe humano; los padres se quedaron solos allí y decidieron acabar con el diablito de una vez por todas, así que lo ataron de pies y manos, lo metieron en un cajón de madera, al que llenaron de piedras mas grandes que las anteriores cerrando con los clavos mas grandes que encontraron, tirando el cajón al fondo del pozo e hicieron bajar a un fraile que entre “ave marías” llegó a tocar el agua y vio que el diablito se había hundido. Ademas habló el abad con los indios, para que nadie se atreviera a sacar al demonio de allí.

Otro año transcurrió de calma, pero al abrir nuevamente la iglesia para fiesta de San Miguel encontraron al diablito, esta vez no corrió la gente, salió al atrio asombrada y se inició una discusión de lo sucedido. Los frailes con su teología y los indios con sus ideas, terminaron por ponerse de acuerdo. El diablo ya no los molestaba, podían dormir tranquilos; tal vez quería quedarse a vivir ahí, con San Miguel; Así que optaron por construirle un nicho y dejarlo en la capilla.

Nunca más volvió a escucharse el crujir del suelo, ni los tronidos de las paredes; desde aquella fecha, el que no duerme ha de tener cuentas con el diablito, que muy tranquilo se quedó a vivir en el cerro.

Con el tiempo, algunas personas devotas iban a ver a San Miguel y otros impíos al diablito juguetón, hasta que alguien lo desapareció. Quizás nadie se lo llevó, tal vez lo ahogaron o se fue a otro lado, o ¿Quién sabe? A lo mejor anda por el cerro.

En fin, ahogado o no… El diablo anda suelto.